“Meditaciones” de Marco Aurelio: el libro que me cambió la vida
En enero a abril de este año leí Meditaciones (ta eis eanton, cuya traducción literal del griego significa “a mi mismo”), una colección de reflexiones escrita por el emperador romano y filósofo estoico Marco Aurelio. Luego de reflexionar sobre las sensaciones despertadas, concluí que este libro cambió mi forma de pensar, mi forma de relacionarme con temas que siempre fueron sensibles para mí. Emergí de esta lectura como una persona diferente a la que era, y, por más dramático que suene, es cierto: las enseñanzas de este libro me hicieron más feliz, y pretendo que me acompañen el resto de mi vida.
“«Eres una pequeña alma que sustenta un cadáver», como decía Epicteto” (Libro 4)
Lo que mayor impacto me causó de la lectura fue la visión de Marco Aurelio sobre la vida y la muerte. El estoicismo mantiene en su doctrina muy presente la conciencia sobre la muerte (memento mori), principalmente la propia, siendo que según ellos recordar que el final de nuestros días podría llegar en cualquier momento nos impulsa a llevar una vida virtuosa. Si bien parece extraño que estos pensamientos sean liberadores, cuando uno comienza a entender a la muerte como parte de la vida, la ve como otra parte de nuestra condición de mortales: durante nuestra infancia comenzamos a comprender el significado de la muerte y desarrollamos una relación antinatural para con ella, le tenemos miedo, evitamos pensarla, o incluso intentamos "trascenderla", ya sea a través de la religión u otros medios. Esta lectura me obligó a enfrentarme a la idea de que algún día todos mis seres queridos y yo vamos a morir, pero de una manera amable. Cada momento que tenemos es irrepetible y por eso debemos aprovecharlo al máximo, bajo la idea de que una vida bien vivida no se mide en años ni en logros, sino en virtud. El memento mori motiva a comportarse de una manera en la que siempre se esté listo para recibir el fin con los brazos abiertos, y para esto es necesaria la paz del alma; lo que se consigue siguiendo las diferentes virtudes propuestas por el estoicismo, como la gratitud, o la humildad.
“Después de asignarte estos nombres: bueno, reservado, veraz, prudente, condescendiente, magnánimo, procura no cambiar nunca de nombre, y, si perdieras dichos nombres, emprende su búsqueda a toda prisa. Y ten presente que el término «prudente» pretendía significar en ti la atención para captar cabalmente cada cosa y la ausencia de negligencia; el término «condescendiente», la voluntaria aceptación de lo que asigna la naturaleza común; «magnánimo», la supremacía de la parte pensante sobre las convulsiones suaves o violentas de la carne, sobre la vanagloria, la muerte y todas las cosas de esta índole. Por tanto, en caso de que te mantengas en posesión de estos nombres, sin anhelar ser llamado con ellos por otros, serás diferente y entrarás en una vida nueva. (...)” (Libro 10)
Otra de las virtudes y la segunda gran enseñanza que me llevo del libro es la manera en la que el autor propone lidiar con aquellos con quienes diferimos, o según los estoicos, los “carentes de virtud”. Prioriza sobre todo el trabajo en equipo, viendo a estas personas como otros miembros de la sociedad con los que se debe colaborar (o en términos menos griegos, convivir) para llegar al bien común. Marco Aurelio comprende que el mal ajeno no es algo que podamos evitar ni combatir, pero, en cambio, sí podemos cambiar la manera en la que nosotros lidiamos con ello, y usarlo a nuestro favor, como una prueba para nuestra virtud, ya que una persona virtuosa no se ve turbada por terceros dado lo fuerte de su seguridad en sí mismo y en su objetivo. Se resalta, sobre todo, lo negativo de ir contra la naturaleza, contra otros humanos, animales, o hechos naturales, como la muerte.
“Al despuntar la aurora, hazte estas consideraciones previas: me encontraré con un indiscreto, un ingrato, un insolente, un mentiroso, un envidioso, un insociable. Todo eso les acontece por ignorancia de los bienes y de los males. Pero yo, que he observado que la naturaleza del bien es lo bello, y que la del mal es lo vergonzoso, y que la naturaleza del pecador mismo es pariente de la mía, porque participa, no de la misma sangre o de la misma semilla, sino de la inteligencia y de una porción de la divinidad, no puedo recibir daño de ninguno de ellos, pues ninguno me cubrirá de vergüenza; ni puedo enfadarme con mi pariente ni odiarle. Pues hemos nacido para colaborar, al igual que los pies, las manos, los párpados, las hileras de dientes, superiores e inferiores. Obrar, pues, como adversarios los unos de los otros es contrario a la naturaleza. Y es actuar como adversario el hecho de manifestar indignación y repulsa.” (Libro 2)
Todos los postulados del libro se refugian bajo la misma idea, idea que hizo que yo me interese por el estoicismo en primer lugar: hay muy pocas cosas que están bajo nuestro control. Tendemos a intentar controlar aquellas cosas que están fuera de nuestro alcance y a ignorar aquellas sobre las que sí tenemos poder. Cuando uno comprende que lo único que uno puede cambiar es uno mismo, entiende que no tiene sentido preocuparse por todas las cosas que como humanos vivimos pensando en el día a día. Aceptar que en diversas situaciones no hay nada que podamos hacer es una manera de desprenderse de los sentimientos negativos que dichas situaciones generan.
“La única manera de cambiar al mundo es cambiar uno mismo. En lugar de dejarme afectar por la falta de virtud ajena tengo que refugiarme en la certeza de lo que soy y lo que hago. Lo que sean los demás está fuera de mi alcance, lo que yo soy, no.” (Anotaciones mías al final del libro 7, a modo de síntesis.)
Este libro, si bien relativamente corto, es amplio en contenido, ideal para ir leyéndolo de a poco, reflexionando sobre sus palabras, permitiendo que calen en uno. Me parece excepcional, claro y conciso, y aunque personalmente no comparto todos los postulados del estoicismo (especialmente los relacionados al culto a los dioses y la idea del destino), creo que los que sí comparto hacen que valga la pena la lectura. Lo recomiendo especialmente para los aficionados a la filosofía o introspectivos curiosos (yo soy un poquito de los dos).
Cande
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